Hoy a la mañana os he hablado de Miguel Indurain y del ejemplo que dio en el Campeonato Mundial de Colombia.Los grandes campeones quedan siempre en la memoria de los aficionados por sus hazañas. Sin embargo, en ocasiones no sólo recordamos sus triunfos, también esos pequeños detalles que les hacen diferentes de los demás. Capaces de cambiar la historia con un golpe de genio. Es el caso de Miguel Induráin. Un hombre dotado de un gran corazón, en los dos sentidos.

A Induráin se le metió entre ceja y ceja ser Campeón del Mundo y para ello escogió el Mundial de Colombia en 1995. Su intención era vencer en la contrarreloj y en la prueba en ruta. Todo un reto. Lo primero no parecía difícil. Miguel arrasaba en la lucha contra el crono allá donde fuera y así lo hizo. Sólo su compatriotaAbraham Olano estuvo a su altura, segundo a 49 segundos. La prueba de fondo no sería tan sencilla.

Penúltima vuelta al circuito y todas las miradas sobre Miguel Induráin. Todos saben que es el más rápido, el más experto y probablemente el más fuerte de todos. Cualquier movimiento del navarro es seguido de cerca por los miembros del grupo. Olano es un mero espectador. Lo más lógico es que el vasco le prepare la llegada al ya cinco veces ganador del Tour de Francia. Pero los dos quieren asegurar el triunfo. Llegar todos juntos resulta algo arriesgado
En una larga recta Abraham irrumpe por el lado derecho, de pie sobre la bicicleta y demarrando con todas sus fuerzas. El ataque coge por sorpresa a todos, ciclistas y espectadores. Pero lo más impactante es la actitud de Induráin. Una y otra vez ralentiza la marcha y se vuelve hacia sus rivales con gesto desafiante. Nadie da crédito a lo que está sucediendo. El gran favorito, a priori, y dominador absoluto de la prueba, está renunciando a ganar para favorecer a su compañero de selección.

Aquel Mundial le pertenecía moralmente. Era una de las cosas que más deseaba, pero Miguel escogió la opción que consideraba más correcta. Se sacrificó por su compatriota, justo lo que nadie esperaba y la jugada le salió redonda. Nunca conquistaría el maillot arcoíris, pero aquel domingo de octubre quedó para siempre grabado con letras de oro en la historia del ciclismo español. Una lección de calidad, inteligencia y compañerismo.

Fuente: Terra deportes

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